domingo, 8 de marzo de 2015

Sintonizando

III Domingo de Cuaresma


Como en tiempos de Jesús hoy hablamos sin entender... él hablaba de su cuerpo, los judíos del templo, cada uno a lo nuestro.

Hoy, cuántas veces, nos pasa lo mismo; a nivel familiar, laboral, comunitario... se habla de algo y entendemos o pensamos en otra cosa. Esto se llama estar o no en sintonía, estar en onda o no. Todos recordamos las radios de antes, que tenían una ruedecita que movía el dial y vuelta a vuelta, iba saltando de emisora en emisora, iba sintonizando.

En la radio de nuestra vida debemos sintonizar con Dios -la cuaresma es un tiempo en que sus ondas son más perceptibles-, el dial son los muchos medios que tenemos para sintonizar: los mandamientos que nos enuncia la primera lectura, las observancias cuaresmales: la ceniza, el ayuno, la limosna, la penitencia, la abstinencia... todo son medios. Uno puede tener una radio preciosa (al escribir esto recuerdo la que tenía mi abuela en una baldita en un rincón de la cocina, a la altura que los niños no pudiésemos tocar) o un MP3, o 4, o 5 (ya no sé por dónde van), Pero si están sin enchufar, si no tiene batería, si no recorremos el dial en búsqueda es como si tenemos todos los medios del mundo para ser santos, para vivir y revivir humana y espiritualmente a la Pascua y no los aprovechamos.

Solamente viviendo a Cristo se entiende lo que es ser cristiano, sino será necedad y locura, simple sinsentido de morir en vida.

Hay quien se deja morir. Hay quien no come y pasa hambre y no es por necesidad o por dar de comer a otro que lo necesita; hoy se ayuna por estética, y en eso ya han recibido su paga. Hay quien da limosna para que los vean, o de lo que les sobra, y en eso ya han recibido su paga. Hay quien reza, o va a Misa sin encontrarse con Cristo de tú a tú, por rutina, por costumbre, por acto social, y en eso ya han recibido su paga.

El ayuno que Dios quiere es este: "Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces nacerá tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamará al Señor y te responderá; gritarás y te dirá: Aquí estoy. Porque yo, el Señor tu Dios, soy misericordioso. (Is 58, 6-9).

Nuestro ayuno, nuestra limosna, nuestro morir a nosotros mismos no tiene sentido sino tiene repercusión en los otros, especialmente en los necesitados, en la Justicia Social, en el equilibrio que Cristo viene a traer. La salvación es para todos, Cristo es para todos.

Siete de los diez mandamientos tienen repercusión en los otros, mis obras hacia los otros; los tres primeros son hacia Dios. El vivir a Cristo, el vivir como cristianos no es cuestión individual. Dios es Padre y todos somos sus hijos, amados personalmente pero como hijos de la gran familia humana. Dios es Padre y todos los hombres somos hermanos. Miremos a todos como hermanos: al de al lado, al vecino, al compañero de trabajo, a ese que no me cae especialmente bien, a quien te pide a la puerta del super, a esa familia del barrio que sabemos que lo está pasando mal, a esa madre que sufre y tapa las dependencias de su hijo o los malos tratos, a la persona mayor de quien los hijos se han olvidado y que sobrevive con una mísera pensión, a ese matrimonio joven ambos en paro...

Y no todo ni siempre se arregla con dinero; dedicar un tiempo, una visita, una palabra, una caricia, una sonrisa, un abrazo... 

Hacer presente a Cristo en todo tiempo y lugar, el amor de Cristo, el Amor que es Cristo. Convertirnos así en transistores que comunican Dios con los hombres. 

Fr. J.L.

Éxodo 20, 1-17
Sal 18, 8. 9. 10. 11   Señor, tú tienes palabras de vida eterna
Primera carta a los Corintios 1, 22-25
Juan 2, 13-25



 


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